Provocar un juego siempre es algo fantástico. Cuando digo juego me refiero a algo tan sencillo como el escondite.

Hace unos días como llegábamos casi a la misma hora a casa ella me estaba esperando porque sabía que yo llegaba en el siguiente tranvía. (¡qué detalle el suyo! ¿eh?)

A mi no se me ocurrió otra tontería que ocultarme entre la gente que salía y esconderme detrás de las marquesinas de la parada. Al menos, para hacer unas risas sí que sirvió.